Encontró la tuca del último faso que compartieron antes de la muerte.
Esa tuca había estado guardada durante años. Un día la encontró y se la fumó en el cementerio.
Era una tuca vieja, probablemente no produciría mayor efecto que revivir el recuerdo y soltar algunas lágrimas.
No era una tuca. Era una prueba material de aquel encuentro.
Lloró, rió y conversó sola con la fría lápida que mostraba su foto sonriendo.
Volvió a su casa y durmió durante horas.
Esa noche soñó que se encontraban en algún lugar intermedio entre el mundo de los vivos y los muertos. En ese sueño se rieron de giladas, se rieron de la vida, se rieron de la muerte.
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